La voz de Amy pierde en directo, es diminuta y parece desorientada, como si tuviera la cabeza en otra parte, pero sólo hay que verla sobre un escenario para comprender por qué es una estrella.
Aunque para animal de escenario Shakira, que le dedicó uno de los temas a su compatriotia Ingrid Betancourt y nos hizo bailar a todos, y eso que para entonces ya estábamos hartos de esperar colas, de la ineptitud de los camareros (¿cómo se puede poner a voluntarios a servir bebidas?) y de la escasa duración de las actuaciones (poco más de una hora por artista).
Pese a los problemillas de organización lo pasamos muy bien y si tengo que elegir me quedo con Jamiroquai, que ni siquiera me gustaba antes de ir, pero después de verle en director me declaro su fan number one.
Este fin de semana estuve en el Festival Erótico, convencí a JP para que me acompañara y allí nos plantamos los dos, entre las pornostars y los strippers.
Aunque se podía participar en bukkakes y gang bands preferimos limitarnos a mirar, hasta que cogimos confianza y empezamos a saludar a los actores, hacernos fotos y hasta subirnos a bailar en una barra americana (esto último con más pena que gloria la verdad).
Aquí os dejo un pequeño video resumen, para que os hagáis una idea del ambiente que había en la Frabrik y a ver si el año que viene se anima a acompañarnos alguien más, ¡que sois una panda de sosainas!
Los años, como ocurre con todas las divas que no saben retirarse a tiempo, han jugado en su contra y aunque nunca ha tenido una gran voz, ni demasiados recursos interpretativos más allá de la seducción, Sara Montiel ha sido la única actriz del cine español con categoría de estrella.
En Hollywood trabajó con muchos de los grandes mitos del cine como Gary Cooper o Burt Lancaster, encandiló a muchos otros como James Dean, con quien aparece en la que sería la última foto del actor y vivió una vida de lujo muy alejada de la realidad anodina de la España del franquismo en los años 50. Sólo por eso, y porque ha sido el rostro más bello de nuestro cine, se merece que hoy le hagamos este pequeño homenaje:
Por fin os puedo ofrecer el testimonio gráfico de nuestro fin de semana en Holanda. Probamos la increíble experiencia de salir de marcha en bicicleta, asistimos a una boda, comimos el famoso queso holandés y por supuesto terminamos el viaje en un coffee shop.
Nos lo pasamos de lujo y fue genial volver a reencontrarnos con Fred, que vino desde Bélgica sólo para pasar un rato con nosotras. A la feliz pareja, Esther y Jothan, les deseamos lo mejor, muchas gracias por tratarnos tan bien y Esther querida enhorabuena por ese pedazo marido que te has agenciado ¡tú si que sabes jodia!

Últimamente vengo observando un creciente clima de hostilidad hacía nuestro último, que no reciente, premio Nobel de literatura: Camilo José Cela. Le acusan de haber sido espía de Franco y hasta de trabajar como propagandista para un dictador latino, y ya se sabe que en España cuando abrimos la veda contra alguien no paramos hasta darle caza (y sino que le pregunten a la Pantoja).
Bromas a parte, ignoro si las acusaciones son ciertas (que probablemente lo sean), pero como le diría Rhett Butler a Scarlett O´Hara, francamente me importa un bledo.
Vivimos en el siglo de lo políticamente correcto y parece que algunos periodistas, contertulianos y enteradillos en general han dejado de juzgar a los artistas por su talento para empezar a hacerlo por su catadura moral, entendiendo esto último desde su propia escala de valores, que para algo se inventaron los raseros.
Pero los desmemoriados deberían recordar que ganar el Nobel no equivale a ser santificado. A Kissinger le dieron el de la paz y aunque el premio va acompañado de muchos millones, no creo que al amigo de Pinochet le alcance para comprarse una parcelita en el cielo, aunque de ser así igual tendría de vecino a otro ilustre hombre de bien, el Papa Alejandro VI, padre y amante de Lucrecia Borgia y conspirador oficial del reino, que utilizó a su hijo César como un instrumento en su juego de poder, para mayor gloria de Maquiavelo.
Macondo no esta en el Caribe, ni escondido tras el sopor de las aguas de una cienaga de Colombia, ni siquiera en las páginas de los libros que reposan en los escaparates de la Gran Vía. Esta más cerca de nosotros, entre la gente que vive en los suburbios de las grandes ciudades, en el ruido del tráfico a la hora punta, en el sabor grasiento de los rollitos de primavera y en todos aquellos mundos cotidianos que aun nos quedan por descubrir. Si pasas por Macondo no te olvides de mandarme una postal.
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